23.7.09

Los toros de lidia se divierten en la plaza

Esto es lo que, dado su entusiasta teoría sobre el asunto, viene a decir el veterinario y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, Juan Carlos Illera del Campo…

Jaime Richart | Para Kaos en la Red |

www.kaosenlared.net/noticia/toros-lidia-divierten-plaza

Según él, los toros de lidia son como un guijarro, como una piedra: ni sienten ni padecen… Illera sostiene que “después del primer pu­yazo, con un arma de nueve centímetros, el toro regresa al picador porque es capaz de bloquear tan rápidamente los neuroreceptores que para cuando recibe el segundo puyazo, ya no siente ningún tipo de dolor”.

El tal Illera también hubiera sido capaz de sostener también la pe­regrina teoría, si hubiera sido contemporáneo de la antigua Grecia donde los ilotas no eran “persona”, o en tiempos de Roma donde los gladiado­res eran fruto de mercado, o en los del esclavismo que du­ran hasta hoy en que los esclavos son “cosas”.

Cuando alguien se ha propuesto creer algo, lo consigue. Cualquiercosa le sirve como punto de apoyo. La Ciencia generalmente acaba siendo el último refugio de creyentes y descreídos. Los antiguos griegos vivían “como si los dioses existieran y los mitos fueran “ver­dad”, pero sabían que todo era pura invención. Como los niños de antes creían en las fábulas y en los cuentos aunque sabían que lo eran. La credulidad de los áticos les servía para construir el entra­mado psicomoral que a su vez configuraba “racionalmente” el edifi­cio social. A nuestros ojos eso de saber y sugestionarse, les hace parecer honestos. El profesor Illera no. Este sabio se lo cree y anda desde hace años revolviendo Roma con Santiago para demostrar urbi et orbe que el toro de lidia (y se supone que también por exten­sión el animal- no sufre. Lo que queda por saber si el tal Illera sabe qué es sufrimiento y cómo lo distingue del dolor. Para los ignorantes que somos, el sufrimiento es exclusivamente cosa de los que tienen con­ciencia, y el dolor de los que tienen además consciencia.

Bush y su conmilitón Aznar, por ejemplo, ni sufrieron ni sufren ni sabe qué es el dolor colectivo y aun individual. La primera matanza de cente­nares de miles de seres humanos en Irak anestesió a los millones que no “sufrieron” porque murieron, y vieron caer sobre ellos los siguientes bombardeos sin pena ni gloria, porque la aneste­sia de las primeras bombas les impidió morir del todo…

Pero la culpa de este tipo de controversias es de quienes dan can­cha a estos humanoides de la “fiesta” empeñados en tener razón. Lo peor de quienes carecen de sensibilidad es que encima quieren tenerla. Afirmando y “demos­trando” con chips que los escla­vos, los siervos, los gladiadores, los boxeado­res y los toros de lidia no tienen alma ni sistema nervioso, se demuestra que no pue­den sufrir, que se les puede inferir tor­turas que ya no serían tales si no sienten, porque a estas gentes les divierte, además de la lidia en sí, imaginar que no sienten dolor aunque lo sientan. El típico autoen­gaño, la treta del avestruz, la tesis de los canallas sin conciencia ni consciencia. La con­di­ción y la misión en esta vida de los toros y de los animales en ge­neral –nos enseñan los negacionistas- es someterse a las vile­zas del ser superior de la Creación que es el hombre…

Personillas como el veterinario Illera y sus teorías traen a primer término una vez más el debate “nacional” por excelencia fuera de la política; la tesis -que debe tranquilizarles- de que el toro no sufre. Y a eso se responde que sí sufre. Y así se per­petúa la trifulca de la que salen ganando los negacionistas. Pero si el centro de este de­bate no fuese “el toro sufre”/“el toro no sufre” si no si las gentes con un mínima sensibilidad son capaces de re­unirse para pre­senciar la tortura y la muerte, el debate se zanjaría.

Porque para muchos otros que no son el profesor Illera y sus epígo­nos, el asunto nuclear está en si las multitudes del siglo XXI tienen derecho, según el grado de civilización y de inteligencia que se atribuyen, a pre­senciar la tortura y muerte rituales de un ser vivo, sea cual fuere.

Todos estos rifirrafes hispanos son así. La Ciencia, ni es defi­nitiva ni es resolutiva ni es la base de la cultura, ni de la sensibilidad ni de la vida. Hay verdades inefables, es decir, que no se pueden expre­sar en las que la Ciencia nada tiene qué hacer ni qué decir. La Cien­cia ni es más certera, ni más garante, ni más elocuente, ni más per­suasiva que la teología, el sentido común o la delicadeza a la que a menudo se contrapone. Infinidad de cuestio­nes ca­recen de solu­ción final y jamás ten­dremos la explicación que los ansiosos pretenden; nunca conseguiremos prue­bas materiales. Na­die vendrá del más allá a decir en la plaza pública que el más allá es efectivamente esto o lo otro, o que después de la vida hay o no vida. Todo de­pende de la imaginación, de la epidermis de cada cual y del deseo, no de la tangibilidad.

El marco de la creencia, de la pura sensibili­dad, de la intuición pura (instinto más conocimiento), de la delicadeza, de la promoción del carácter y del entendimiento “superior” no necesitan de­mos­tración. Es más, el intento de algo o de todo eso debilita la suprarrealidad. Los toros sufren no porque Illera y su ciencia lo niegue, sino no por­que sufrimos nosotros viendo e intuyendo que sufren. Pero es que si Illera nos con­vence de que no sufre el toro, la fiesta se acaba, la fiesta pierde todo su sentido porque el supuesto arte de la lidia no está en el arte de mover los trastos ni en el arte de evitar el torero ser cogido, sino en el peligro de ser cogido el torero y en la certeza de que mientras tanto el toro sufre. Sien lugar de ser un toro fuese un robot programado para cornear, nadie haría “fiesta” por ello ni nadie iría a la plaza.

La infamia de Illera, pues, no está en afirmar que el toro no sufre. La infamia, con independencia de lo que diga o deje de decir este veterinario está en re­unirse en un coliseo miles de personas para la tortura y la muerte lenta de un ser vivo aunque viva aneste­siado porque ha nacido así o porque alguien lo haya anestesiado antes. Pues…¿quién nos dice, además de todo lo alegado, que el profesor Illera no ha anestesiado al toro de lidia y no ha puesto los chips a esos 3.200 toros a lo largo de 15 años, como se nos informa, para salirse con la suya?

No es el sufrimiento del toro lo que humilla a los espectadores, que también. Los espectadores de las corridas de toros se denigran a sí mismos por el mero hecho de presenciar la tortura y muerte de un ser vivo. Lo mismo que, a los ojos de los huma­nos del siglo XXI, se denigraba la turbamulta que acudía al anfiteatro romano para ver sufrir y morir los gladiadores. Lo mismo que se denigran los que presen­cian las peleas de gallos y de perros independientemente de que sufran o no, según Illera, por el mero hecho de presenciarlas.

Para disculpar o justificar a los cafres que van a las plazas de to­ros es mil veces mejor invocar restos de tradición tardía y de primiti­vismo sin más. Porque de esta manera tenemos la esperanza de avanzar. Mientras que la teoría de Illera nos reingresa, con mala baba y peor conciencia, en la barbarie.

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